163. Mirada adentro

Me cuesta mirar a los ojos de la gente. Me intimidan, me hacen pasar vergüenza, por su capacidad de distinguirme del resto de cosas a mirar en este mundo. Me adjudican una importancia que creo no tengo, y es demasiado. Además, el papel de actriz principal, en esta vida compartida, no me pega. Tampoco me gusta llamar la atención, ni siquiera la concreta y particular de otro actor. Deja que me esconda un rato dentro de mi caparazón, a cubierto de más miradas, y más, muchas más...

Hace unos años me apabullaban las miradas glaciales, de ojos azules transparentes. No soportaba notar cómo me desnudaban por dentro, cómo adivinaban mis secretos, mis temores. Al tenerlas delante, giraba la cabeza y alborotaba los ojos en todas direcciones buscando un escondite.

Tú me miras ahora y también lo haces, dices. Que no he perdido el vicio mecánico y escurridizo de explorar las afueras de los ojos que me observan, de tus ojos: la boca, el nacimiento del cabello, lo que queda sobre tu cabeza, sea lo que sea. Y te sonrío, y noto cómo desvío la mirada, tienes razón. De hecho, en tus márgenes busco las palabras que te afronten; aprovecho para ordenar el discurso, rebusco la forma más idónea para confesar cómo te quiero. En mi defensa, sólo puedo añadir: Pero ya no lo hago tanto, eso de irme.

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Los niños crecemos y cuando pasan los años nos miramos en un blanco y negro buscando esos ojos que nos vieron y ya no están.
Ya solo los encontramos dentro, y los protegemos en una cárcel sin llave, de un recóndito bolsillo de nuestro cerebro.
Gran parte de nuestros gestos involuntarios tienen una raíz genética, los propios se descubren mirándonos de vez en cuando fijamente a los ojos en un espejo.
Las miradas de pupilas más o menos desordenadas que no se nos enfrenten con ceños, caricias y sonrisas en un mismo reflejo, no merecen la pena.
Tu no me miras, yo no te miro.
Nos miramos a los ojos de dentro,cuando podemos.
Y cuando podemos nos vamos juntos...
En otra vida no desearía otro espejo.

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       En ese caso, fue una suerte localizar nuestro espejo común, en el que somos párrafos y versos a la mínima que tiramos un poco de lápiz y de marea. Leernos es conectarnos, es vernos por dentro y saber, sin un tiempo definido, que lo pasamos enteramente viajando de uno a otro, por entre letras sentidas.
No sé si este intercambio de promesas y recompensas entre ratos de reflejos, es reloj, arena o arena en un reloj, pero creo que navegaría bien por cualquier duna.
Deberíamos encontrar nuestra propia duna en alguno de los mapas que visitamos.


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